Redacción El Monitor
CDMX.- La relación entre México y Cuba atraviesa una etapa en la que la cooperación bilateral, los vínculos históricos y la disputa ideológica se mezclan cada vez más. Lo que para el gobierno mexicano representa solidaridad, intercambio y apoyo humanitario, para sus críticos puede convertirse en una plataforma para reproducir la narrativa política de La Habana.
México y Cuba mantienen relaciones diplomáticas ininterrumpidas desde 1902 y, durante décadas, han construido mecanismos de cooperación en áreas como salud, educación, cultura, ciencia, energía y desarrollo. En 2024, ambos países incluso celebraron una nueva reunión de grupos de trabajo para revisar proyectos de cooperación científica, educativa-cultural y económica.
Uno de los principales vehículos de esta relación es la cooperación sanitaria. Desde 2022, miles de profesionales cubanos han trabajado en México, particularmente en zonas donde existe déficit de especialistas y personal médico. El gobierno mexicano ha defendido la continuidad del programa y sostiene que ha contribuido a atender comunidades con dificultades para acceder a servicios de salud.
En marzo de 2026, la presidenta Claudia Sheinbaum confirmó que México mantendría el acuerdo con Cuba para la contratación de médicos, al considerar que se trata de un mecanismo de cooperación que ha resultado útil para el país.
El programa, sin embargo, también ha generado controversia internacional. Estados Unidos cuestiona las condiciones bajo las cuales trabajan algunos médicos cubanos y sostiene que estas misiones pueden constituir una forma de explotación laboral; Cuba y los países participantes rechazan esas acusaciones.
El debate, por tanto, no se limita a determinar si los médicos cubanos son necesarios. La discusión de fondo es hasta qué punto un mecanismo de cooperación puede convertirse también en una herramienta de influencia política y diplomática.
La influencia cubana no se limita al terreno sanitario. La cultura, los intercambios académicos, los libros, el cine, la música y los encuentros políticos constituyen otros espacios donde se mantiene viva la presencia de la Revolución cubana en México.
Un análisis publicado recientemente sostiene que la diplomacia cubana utiliza actividades culturales para mantener una narrativa favorable a la Revolución y a la figura de Fidel Castro, particularmente en un momento en que La Habana enfrenta una profunda crisis económica y política.
Esto no significa que todo intercambio cultural con Cuba sea propaganda. La existencia de artistas, académicos, escritores y organizaciones cubanas en México responde también a una relación histórica entre ambos pueblos. El problema aparece cuando la frontera entre intercambio cultural, diplomacia pública y promoción política deja de ser clara.
Cuba ha entendido durante décadas que su capacidad de influencia no depende únicamente de su peso económico. Su presencia internacional se ha apoyado también en la medicina, la cultura, la educación y la construcción de una identidad política vinculada a la resistencia frente a Estados Unidos.
Un análisis reciente denomina a esta estrategia una forma de sharp power: una capacidad de influencia que busca aprovechar espacios culturales, políticos y sociales para proyectar una determinada visión del mundo.
Para el gobierno mexicano, la defensa de la relación con Cuba también está vinculada con una postura histórica de política exterior: no intervención, autodeterminación de los pueblos y rechazo a los bloqueos económicos.
México ha defendido públicamente la ayuda humanitaria a la isla y ha rechazado que la situación interna cubana sea utilizada con fines políticos.
Sin embargo, esta posición coloca a México ante un dilema: ¿cómo apoyar al pueblo cubano sin fortalecer políticamente al gobierno que lo administra?
La pregunta adquiere mayor relevancia debido a que Cuba atraviesa una crisis severa de abastecimiento, energía y producción. Al mismo tiempo, el gobierno de Estados Unidos ha incrementado la presión económica y diplomática sobre La Habana. México se encuentra, así, en medio de una disputa geopolítica que rebasa ampliamente sus vínculos históricos con la isla.
La cooperación internacional no debería medirse solamente por la afinidad política entre gobiernos. También tendría que evaluarse por resultados, transparencia, costos y beneficios para la población.
En el caso mexicano, esto significa que los programas con Cuba deberían responder a preguntas concretas: ¿cuánto cuestan?, ¿qué resultados producen?, ¿cuáles son sus mecanismos de supervisión?, ¿qué condiciones laborales tienen los profesionales participantes?, ¿qué instituciones mexicanas evalúan su desempeño? y, sobre todo, ¿qué beneficio directo recibe la población?
El debate es particularmente importante en materia de salud. La contratación de especialistas extranjeros puede ser una solución válida ante la falta de personal en determinadas regiones, pero no debería convertirse en sustituto permanente de una política nacional para formar, contratar y distribuir médicos mexicanos.
La historia explica por qué México mantiene una relación especial con Cuba, pero la historia no puede sustituir la rendición de cuentas.
México puede mantener cooperación médica, científica y cultural con la isla y, al mismo tiempo, cuestionar las políticas del gobierno cubano cuando sea necesario. Del mismo modo, puede defender el derecho del pueblo cubano a recibir ayuda humanitaria sin asumir automáticamente como propia la narrativa política de La Habana.
Ese equilibrio será cada vez más difícil mientras la relación entre Cuba y Estados Unidos continúe deteriorándose y México intente mantener una política exterior basada en la soberanía y la no intervención.
La cuestión central, por tanto, no es si México debe relacionarse con Cuba. Debe hacerlo si existen intereses nacionales que lo justifiquen. El verdadero desafío consiste en establecer dónde termina la cooperación y dónde comienza la influencia política.
Porque una relación diplomática madura no requiere aislamiento, pero tampoco necesita idealizar a sus interlocutores. México puede tender la mano al pueblo cubano sin convertirse en amplificador de ningún gobierno extranjero.






