Humanos y animales coincidimos al elegir pareja
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(Agencias)
Los años 80 fueron una época dorada para la etología. Por fin se estaba comenzando a estudiar en serio y a entender por qué los animales se comportaban de esas formas tan peculiares. Al fin, los humanos empezaban a descifrar las pistas acerca de cómo las hembras elegían a los machos y viceversa y, para ello, los científicos tenían la oportunidad de visitar lugares únicos.
Dos de estos científicos que estaban surfeando la cresta de la ola eran Michael J. Ryan y A. Stanley Rand, del Instituto Smithsonian de Investigación tropical, que en aquella época realizaban viajes frecuentes a las selvas que cubren gran parte de Centroamérica. Concretamente, estaban estudiando ejemplares de la rana túngara, cuyo nombre proviene de su canto, que suena algo así como “tún-gara, tún-gara”. Pero claro, Mike y Stan se dieron cuenta que no todas las ranas cantaban exactamente igual, y que algunas atraían más hembras que otras valiéndose únicamente de su voz.
Tras analizar cientos de audios los investigadores notaron dos cosas, una esperada y otra no tanto. La primera era que la capacidad de los machos de atraer hembras estaba relacionada con la complejidad del canto. Es decir, que cuanto más trabajaban en crear pequeñas variaciones, más oportunidades tenían de tener descendencia. Y la segunda y más inesperada, tiene que ver con otro investigador: Logan James, del mismo instituto.
Como si se tratase de un viaje de placer, Stan y Mike le enseñaron todas las fotografías y otro material gráfico a su compañero Logan. Y cuando llegaron a la parte de los audios, Logan se dio cuenta de que, a él mismo también le gustaban más ciertos cantos de algunos machos, y casualmente eran los mismos que tenían mayor éxito reproductivo. “Tras comprobar y evaluar por mí mismo los resultados de Stan y Mike acerca de las preferencias que tenían las hembras, me fascinó la cuestión de dónde proceden esas preferencias”, explica Logan.
La idea de que nos atrae la complejidad acústica se ha ido viendo reforzada desde aquellos primeros experimentos de los años 80. Cuando el equipo pasó a analizar las llamadas de apareamiento de murciélagos que se alimentan de ranas, o incluso a moscas hematófagas, observaron que, en estas especies tan distintas, las hembras también se sentían más atraídas por aquellos machos que tenían los cantos más complejos. Pero había una pregunta que seguía en pie: ¿Es posible que tanto animales como humanos hayamos evolucionado para que nos guste la complejidad en el canto?
Y entonces sonó la campana. Había una forma con la que podrían comprobarlo y la solución estaba delante de sus propias narices: internet. Podrían crean un juego de una forma muy sencilla en el que la gente de todo el mundo eligiese qué canto de una misma especie les gustaba más. “En la ciencia ciudadana gamificada, la gente se ofrece voluntaria para participar en experimentos simplemente porque son divertidos e interesantes”, explica Samuel Mehr, profesor asociado de la Universidad de Yale y autor senior del estudio. “Este método es ideal para responder a preguntas de la biología evolutiva, en las que nuestro objetivo es estudiar fenómenos que se dan en muchas especies, en lugar de solo en unas pocas. Nuestro juego nos permitió analizar las preferencias de muchas personas respecto a una gran variedad de sonidos”.
El juego consistía en una serie de preguntas y 16 rondas, una por cada especie animal. En cada ronda, se presentaba a los voluntarios con dos opciones, un canto más complejo y otro más sencillo. Los investigadores, gracias a los estudios previos, ya sabían que las hembras de dichas 16 especies elegían uno u otro canto, pero desconocían si sucedería lo mismo con los humanos. Ellos lo tenían claro, elegían normalmente el más complejo, pero quizá se trataba de deformación profesional. Al fin y al cabo, llevaban muchos años a sus espaldas escuchando llamadas animales, así que su cerebro podía estar sesgado.
Pero los resultados no tardaron en llegar. Más de 4.000 personas participaron en el estudio y lograron encontrar una asociación: Había humanos que preferían los mismos sonidos que elegían los insectos, otros que las ranas y otros que los pájaros. La coincidencia era especialmente fuerte en sonidos más graves y en aquellos que tenían adornos acústicos, como trinos, chasquidos y gorgoteos. Si quieres hacer la prueba por ti mismo, aquí tienes el enlace (en inglés, recomiendan el uso de auriculares).
Como apunta Ryan: “Darwin señaló que los animales parecen tener un ‘gusto por lo bello’ que, en ocasiones, se asemeja a nuestras propias preferencias”. Esta frase, aunque preciosa, carecía de sustento científico más allá de las meras observaciones. Pero según parece, podría ser acertada en materia acústica, probablemente porque, aunque nos gusta diferenciar entre animales y humanos, en el fondo, todos somos animales, y compartimos muchos de los sistemas sensoriales.





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