En el marco del Día Internacional de la Luna, el especialista universitario Emilio Plasencia Rangel explicó el papel del satélite natural en la estabilidad del planeta y el desarrollo de la vida
Redacción El Monitor
Toluca, México.- Hace aproximadamente 4 mil 500 millones de años, un gigantesco impacto dio origen al único satélite natural de la Tierra. Desde entonces, la Luna no solo ha iluminado las noches del planeta, sino que ha influido de manera decisiva en el clima, las mareas, la estabilidad del eje terrestre e, incluso, en el desarrollo de la vida y de la propia humanidad, afirmó el geógrafo y responsable del Observatorio Meteorológico «Mariano Bárcena» de la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEMéx), Emilio Plasencia Rangel.
En el marco del Día Internacional de la Luna, que se celebra el 20 de julio, el especialista explicó que, desde la perspectiva científica, la Luna constituye una pieza fundamental para comprender la evolución del planeta. La teoría más aceptada señala que su origen se remonta al choque de un cuerpo celeste, conocido como Theia, contra la Tierra primitiva, impacto que expulsó enormes cantidades de material que, con el tiempo, dieron forma al satélite natural.

«Desde entonces existe una relación gravitacional entre ambos cuerpos. Si la Luna fuera más pequeña o estuviera a una distancia distinta, el eje de rotación terrestre tendría otra inclinación y las estaciones del año no serían como hoy las conocemos. La presencia de la Luna es, literalmente, vital para la humanidad tal como existe actualmente», subrayó.
Plasencia Rangel destacó que la Luna también funciona como un extraordinario laboratorio natural. Al carecer de atmósfera, conserva prácticamente intacto el registro de su historia geológica, lo que permite a la comunidad científica estudiar procesos que en la Tierra desaparecieron hace millones de años debido a la erosión provocada por el agua, el viento y otros fenómenos naturales.
Respecto a sus fases, explicó que la Luna nueva, creciente, llena y menguante forman parte de un ciclo aproximado de 27 días, determinado por la posición del satélite con respecto al Sol y la Tierra. Sin embargo, aclaró que los distintos colores con los que ocasionalmente se observa no corresponden a cambios propios de la Luna, sino a efectos ópticos producidos por la atmósfera terrestre.
«La Luna no cambia realmente de color. Refleja la luz blanca del Sol y, dependiendo de la cantidad de atmósfera que esa luz atraviese antes de llegar a nuestros ojos, podemos verla amarilla, naranja o rojiza. Durante un eclipse total de Luna ocurre otro fenómeno: la Tierra proyecta su sombra y la única luz que logra refractarse en la atmósfera y llegar hasta la superficie lunar es la correspondiente al color rojo. En cambio, nombres como Luna azul, Luna rosa o Luna de fresa responden principalmente a tradiciones culturales o a la denominación de ciertos eventos astronómicos, no a que el satélite adquiera realmente esos colores», precisó.
A más de cinco décadas del histórico alunizaje del Apolo 11, la exploración lunar vuelve a ocupar un lugar prioritario en la agenda científica internacional. Iniciativas como el programa Artemis buscan establecer una presencia humana permanente en la superficie lunar y convertirla en una plataforma para futuras misiones con destino a Marte.
Más allá de su importancia científica, el universitario señaló que la Luna ha acompañado a la humanidad desde sus orígenes como símbolo de curiosidad, inspiración y exploración. Su presencia ha dado origen a innumerables expresiones artísticas, leyendas, obras literarias, películas y composiciones musicales que reflejan el profundo vínculo cultural que distintas civilizaciones han construido con el satélite natural.
Finalmente, Emilio Plasencia Rangel recordó que el Día Internacional de la Luna, además de conmemorar el alunizaje del Apolo 11 en 1969, promueve la cooperación internacional para el estudio y la exploración del espacio, una actividad cuyos avances han generado tecnologías que hoy forman parte de la vida cotidiana.
«Muchas de las tecnologías que utilizamos diariamente surgieron de investigaciones desarrolladas para las misiones espaciales. La Luna sigue ahí para todos: puede despertar fascinación, motivar nuevas investigaciones o simplemente regalarnos un momento de tranquilidad al contemplarla. Esa capacidad de inspirar curiosidad es, quizá, una de las razones por las que continúa siendo uno de los objetos más importantes para la ciencia y para la humanidad», concluyó.





