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Arte: La rosa que no deja de sangrar

  • hace 2 días
  • 2 Min. de lectura



(Agencias)


Hay imágenes que regresan cargadas de sentido. Una rosa que sangra, ya no como emblema de una épica revolucionaria sino como herida abierta. En El cartel protesta. El arte cubano de la Revolución en la era digital (Hurón Azul), Ernesto Menéndez-Conde y Luis Trápaga Brito proponen una lectura incómoda y necesaria: el auge del cartel político cubano, pero ya no para cantar loas al poder, sino para impugnarlo desde sus propios códigos visuales. El medio que durante décadas fue propiedad casi exclusiva de la propaganda oficial ha sido reapropiado por una generación que lo convierte en herramienta de denuncia, sátira y resistencia.


El libro nace, paradójicamente, de una imposibilidad. Trápaga intentó durante años mostrar la gráfica contestataria producida en Cuba desde espacios no institucionales. Con tal empeño, abrió incluso una galería en su propio apartamento habanero, El Círculo, clausurada de facto por la vigilancia y la presión policial. "La Seguridad del Estado lo impidió y aquello terminó con una gran redada", recuerda Menéndez-Conde. Exhibir carteles antigubernamentales era sencillamente impensable. De esa censura surge la idea del libro: si no se podía mostrar la obra en la Isla, había que reunirla, documentarla y darle visibilidad en otro formato.


Lo que ambos autores descubrieron al empezar a rastrear redes sociales y plataformas digitales fue algo más que un conjunto disperso de imágenes: era un movimiento. "Nos dimos cuenta de que participaban decenas de diseñadores y artistas", explica Menéndez-Conde. Algunos trabajaban desde Cuba, muchas veces de forma anónima o bajo seudónimos; otros desde Europa, México o EEUU. Existían ya espacios colectivos como la web Carteles por la libertad, y la gráfica crecía al mismo ritmo que se intensificaban las protestas cívicas dentro del país.



Ese carácter "candente" del libro, como lo define la editorial, es bastante más que una metáfora o una estrategia de venta: el tiempo de escritura del libro fue, también, el tiempo de las huelgas de hambre y las acciones del Movimiento San Isidro, la protesta frente al Ministerio de Cultura y, finalmente, el estallido social del 11 de julio de 2021. "Los amotinamientos de aquel día nos sorprendieron mientras trabajábamos en el libro y aportaron numerosas imágenes que celebraban esa histórica fecha", señala Menéndez-Conde. Hubo incluso artistas que diseñaron banderas para conmemorar la jornada. El cartel no llegaba después: acompañaba, amplificaba, registraba.


Para Trápaga, esa urgencia explica la necesidad del proyecto. Se trata de "una generación distinta, con intereses distintos, distinta visión de la realidad social, y sobre todo distintos medios para expresarse". Documentar lo que estaba ocurriendo en redes era casi inevitable para quienes ejercían algún tipo de crítica o curaduría. Y lo útil del libro, insiste, radica en visibilizar una expresión artística que había dejado de ser patrimonio exclusivo del aparato propagandístico del Estado.

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