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*La identidad de un escritor frente a su icónico personaje, sherlock holmes

Sherlock Holmes se convirtió en un personaje tan real que un sin número de turistas que visitan Londres quieren ver su (inexistente) casa en Baker Street, y muchos envían cartas a su creador para pedirle autógrafos de su detective. Cuando Arthur Conan Doyle -creador del afamado investigador- anunció que Holmes se retiraba para dedicarse a la apicultura, el escritor empezó a recibir misivas ofreciéndole ayuda para la tarea. “¿Necesitará el señor Holmes un ama de llaves para su casa de campo?”, se interesaba una de ellas, y no era la única.

No importaban las excentricidades del detective en el 221 B de Baker Street con su propia casera, la señora Hudson, ni el peligro en que ponía el inmueble virtual una y otra vez. Los candidatos a asistirle en su etapa como apicultor u otras eran reales, como lo eran también las peticiones de ayuda que recibía el doctor Conan Doyle para que investigara misterios sin resolver.

El elegante escritor y sir británico dejó huella de sus recuerdos en el libro “Mis libros, Ensayos sobre literatura y escritura”, una rareza para aficionados y curiosos que ya se encuentra en algunas librerías de México.

Pero, ¿es justo que el personaje adquiera más fama que el creador? ¿No es digno de orgullo que Frankenstein, Sherlock, Dorian Gray, el Quijote, Tarzán u otros se conviertan en iconos y parte de nuestro imaginario sin que prestemos atención al autor? Conan Doyle se resiente un tanto de que su protagonista le supere y lo narra divertido en sus ensayos, llenos de anécdotas sobre casos reales que reclamaban de él el planteamiento que hubiera hecho Holmes si hubiera vivido de verdad.

El escritor se atrevió a ello alguna vez, estos son los consejos que dejó para quien se atreva: lo primero es separar lo que es cierto de las conjeturas; lo segundo, hacer deducciones; lo tercero, preguntarse por qué: por qué el hombre en cuestión se fue de medianoche; por qué se cambió de ropa… Preguntas y ejercicios deductivos que chocan con aparatosidad con la realidad.

En sus historias el autor describe un universo de huellas en el barro, de cabellos en el peine, de ropa abandonada y hojas sometidas a pruebas químicas, cuando los crímenes no tenían el apoyo tecnológico, de los móviles o Internet. Holmes libraba sus batallas sin muchas más herramientas que su enorme inteligencia y su poder deductivo. Conan Doyle lo creó a partir del Dupin, personaje de Allan Poe, que actuaba a base de razonamientos, pero le dotó de una formación científica formidable para que fueran sus habilidades, y no su fortuna, las que merecieran la resolución del caso.

El autor intentó apartarse de Sherlock para promocionar otras obras, pero sus intentos solían chocar con la demanda de más Holmes. Cierta vez alquiló un teatro con una obra suya que fracasó, y tuvo que improvisar una adaptación de Sherlock para no perder el dinero. Otra vez montó una consulta y se aburría tanto entre paciente y paciente que dedicó el tiempo a escribir relatos que publicaba en revistas, sobre Sherlock Holmes. Y le agradece el éxito, pero a la vez le reprocha que sus trabajos más serios no hayan tenido mayor reconocimiento.

“No era mi intención hacer una obra mayor y ninguna historia de detectives podrá serlo nunca; todo lo relacionado con temas criminales no es más que una forma barata de despertar el interés del lector”, aseguró alguna vez Doyle, y claro que no creó literatura de gran calado, pero sí un icono de la cultura popular británica que sigue originando películas, visitas a Baker Street y nuevas ediciones. Porque, aunque no fuera su intención, el mundo fue mejor con Holmes y su fiel acompañante John Watson.